El calendario reciente ha puesto a prueba la capacidad de resistencia del Once Caldas, enfrentándolo a dos rivales de gran envergadura. Por una parte, vimos un choque marcado por la pizarra táctica ante Millonarios, donde los esquemas cerrados fueron los protagonistas. Días después, el escenario cambió por completo. El equipo sufrió un auténtico varapalo cayendo por un contundente tres a cero en un encuentro manchado por las indisciplinas y la falta de control en el centro del campo ante un rival directo.
El pulso táctico frente a Millonarios
Durante el duelo contra el conjunto embajador, ambos técnicos mostraron sus cartas desde el pitido inicial. Millonarios saltó al césped apostando por un clásico 4-4-2. Diego Novoa defendió la portería, escudado por una línea defensiva en la que destacaban Vargas y Llinás. Curiosamente, el técnico local tuvo que mover el banquillo muy pronto. Apenas corría el minuto 40 cuando Hernández se vio obligado a dejar su sitio a Navarro. El centro del campo, bajo la batuta del capitán David Silva, intentó dominar los tiempos del partido junto a Vega, quien más tarde cedería su puesto a Pereira. Arriba, Giordana, Rodríguez y Castro buscaron generar peligro constante, apoyados por las internadas de Cataño, que entró de refresco nada más empezar la segunda mitad en sustitución de Ruiz.
Enfrente, el Once Caldas planteó un muro. Con un esquema 4-5-1 muy conservador, la idea era clara: poblar el mediocampo y no dejar espacios. Aguirre se encargó de la portería. La zaga, compuesta por Alfonzo, Riquett, Cuesta, Palacios y un Cardona que fue relevado por Patiño superada la hora de juego, trabajó a destajo. La medular fue un auténtico peaje para el rival. Rojas, Torres, Beltrán, Arce y García Rojas formaron esa línea de cinco que requirió constantes ajustes físicos. De hecho, los movimientos en el banquillo fueron clave para mantener la frescura. Entraron Montano y García justo tras el descanso, y más tarde Araujo y Lemos, intentando oxigenar a un equipo que dejaba a Moreno como única referencia ofensiva peleando en solitario contra los centrales bogotanos.
La debacle defensiva y el descontrol disciplinario
Las buenas intenciones se esfumaron por completo en su siguiente compromiso. El Junior, dirigido magistralmente por Alberto Gamero, pasó por encima del Once Caldas valiéndose de un sistema 4-2-3-1 idéntico sobre el papel al de su rival, pero ejecutado con muchísima más precisión. Sebastián Viera, pese a ver la tarjeta amarilla, transmitió seguridad bajo los palos. En la defensa, hombres como Pérez, Correa, Ávila y Ochoa rozaron el sobresaliente, manteniendo la portería a cero. El ataque fue un dolor de cabeza constante, con Toloza y Ovelar desequilibrando la balanza hasta que el técnico decidió darles descanso.
El plantel de Hernán Lisi nunca encontró su sitio en el campo. José Fernando Cuadrado, amonestado casi por impotencia, no pudo evitar la sangría de goles a pesar de los esfuerzos de su línea de cuatro, formada por Moreno, Muñoz, Gómez y García. El nerviosismo se apoderó rápidamente de los jugadores visitantes. Las tarjetas amarillas empezaron a llover sobre Rojano y Acosta Rojas. La situación cruzó el límite y se volvió insostenible cuando el delantero Oscar Estupiñán vio la segunda cartulina amarilla. Su expulsión dejó al equipo con diez hombres y un panorama completamente desolador.
Con superioridad numérica y el control total de la posesión, Gamero movió sus piezas para dar la estocada final. La entrada de B. Cuesta en el minuto 64 resultó ser un movimiento maestro desde la zona técnica. Precisamente él fue el encargado de poner el broche de oro al partido, anotando el tercer y definitivo tanto en el minuto 87 tras aprovechar los espacios de un rival roto. Los intentos de Lisi por taponar la hemorragia, dando entrada a Sinisterra, Romero y Salazar en el tramo final, fueron completamente estériles ante un marcador y unas circunstancias que ya habían dictado sentencia.