Editorial

El Tribunal de don Otto

En el marco del trámite legislativo del proyecto de ley que despenaliza la interrupción voluntaria del embarazo bajo tres causales (peligro de vida para la mujer, inviabilidad fetal letal y violación), otra vez salio al baile el Tribunal Constitucional luego de que la derecha política, alias Chile Vamos, confirmara que recurrirá a ese organismo para que ahí se vote y bote la iniciativa legal ingresada al Congreso por la presidenta Michelle Bachelet en 2015.

Y bueno, debido a lo anterior –sí, como ha ocurrido anteriormente– se ha puesto en discusión el rol del TC, sus atribuciones, etcétera. Además, incluso el candidato presidencial de lo que queda de la Nueva Mayoría, el senador independiente en cupo PR Alejandro Guillier, afirmó que de llegar a La Moneda va a reformular dicha entidad jurisdiccional del Estado, medida que recuerda al chiste de don Otto, quien –en una de las versiones de la broma– sorprende a su esposa siéndole infiel en un sillón de su casa, del cual se deshace para que ella no pudiera seguir engañándolo.

Ahora, ¿qué tienen en común el TC y el sillón de don Otto? ¿Se podría decir que se está ante el Tribunal de don Otto? Efectivamente, pues su cambio u eliminación –al igual que en lo relativo al acolchado mueble– no se hace cargo del tema de fondo. En el caso del Tribunal Constitucional, de éste se puede criticar todo, desde su funcionamiento hasta sus integrantes, que no son precisamente connotadas eminencias del derecho… No, son operadores políticos, a veces de muy poca monta (saludos al ex diputado UDI Cristián Letelier, quien ejerce como ministro). Pero bueno, al final ellos no hacen más que cumplir con su deber principal, que es velar por la constitucionalidad de las leyes; o sea, aquí el problema es la Constitución Política vigente, no que se verifique y también imponga la supremacía de la nefasta norma de Jaime Guzmán, la que fue aprobada mediante un plebiscito completamente fraudulento en plena dictadura civil y militar (1973-1990).

Por último consignar que si el proyecto de la presidenta naufraga en el TC, la única responsable del hecho será la jefa de Estado, misma que “chuteó” el más importante punto de su programa de Gobierno, la implementación de una nueva Constitución, para el periodo de mandato de quien la sucederá en el cargo. Quizá –y está dentro de lo factible– ello es parte de un maquiavélico diseño de largo plazo que a Michelle Bachelet le dará la razón.